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¡Apostemos por una infancia feliz!

niños jugando en el campoMis padres no me llevaron a Disneyland Paris. No me compraron patines, ni playstation, ni la última colección de muñecas Barbie. Compartí con mi hermana una muñeca durante toda mi infancia. Recuerdo que era feliz. Tuve una infancia simple pero sana y feliz. Rodeada de campo, animales, jugando y peleando a todas horas con mis cuatro hermanos y mis amigos. Recuerdo que en vacaciones jugábamos al “pilla pilla”, al escondite, saltábamos la comba y no había manera de hacernos entrar en casa antes del anochecer. Y devorábamos la comida, no había nada que no nos gustase. Un dicho de mi madre: “el hambre es el mejor cocinero” 😉

Mis padres no pudieron darme lo que muchos padres les daban a otros niños.  No pudieron, porque eramos 5 hermanos y en casa entraba un solo sueldo. Pero me dieron lo más importante: su tiempo y dedicación al 100%. Estuvieron ahí cuando los necesitaba para apoyarme, o darme un consejo. Para demostrarme que me quieren y que soy lo más importante de su vida, junto a mis hermanos. Me inculcaron unos valores y me animaron a conseguir mis sueños.  La mayoría de ellos. Ojalá pueda hacer por mis hijos lo que hicieron mis padres por mí.

Recuerdo que mis padres no tuvieron que castigarme porque no estudiaba (quizás porque no tenía tantas distracciones como tienen los niños de hoy día). Siempre me ha gustado aprender cosas nuevas. Leía todo lo que podía, hasta los periódicos viejos y las revistas des actualizadas que traía mi padre del trabajo. Reconozco que con tanta lectura era un poco insoportable para mis hermanos que han estudiado siempre lo necesario para pasar el curso. Y con esto quiero decir que mis padres nunca nos forzaron para estudiar más, porque entendieron que cada uno tenía su personalidad y sus intereses desde pequeños.

A mi hermano mellizo le encantaba el fútbol.  Jugaba sin zapatillas porque no había dinero para comprar más de un par de zapatos y esos eran para el cole. Pero eso no le impedía jugar. Era el mejor y todos los niños lo querían en su equipo. Hasta los más mayores. Mi hermana tenía muchas amigas, siempre ha sido muy sociable. La querían hasta mis amigas, dos años más mayores que ella. Se le daba bien hablar y crear buen ambiente. Y bueno, mi hermano mayor siempre ha sido el más responsable, pensando en independizarse desde antes de cumplir los 18. El pequeño todo lo contrario.

A veces intentamos darles lo mejor a nuestros hijos: los últimos juguetes, libros, dispositivos móviles. Y nos olvidamos que lo que realmente necesitan es nuestro tiempo. Nos necesitan a nosotros. Recuerdo que una vez volví a casa llorando como una Magdalena porque una profesora que me tenía manía me había puesto un “bien” en vez de “sobresaliente”. Mi madre me tranquilizó diciéndome que lo que no me podía quitar esa profesora era lo que yo había aprendido. Que una nota no era lo más importante. Todavía lo recuerdo porque fue algo que me marcó, el que mi madre estuviera ahí y le diera importancia a lo que a mí me pareció, en aquel momento, un drama.

Me gustó mucho una frase que leí en la guardería de mis niños: “A los niños no hay que darles lo que quieren para que sean felices… solo hay que darles lo que necesitan:
-Afecto, ternura y abrazos.
-Respeto y valoración.
-Educación y estímulos.
-Ejemplos y límite con razones.
-Y lo más importante: TIEMPO.”

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